Miguel de Cervantes

Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas de Tormes, hallaron en ellas, debajo de un árbol durmiendo, a un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador. Mandaron a un criado que le despertase; despertó y preguntáronle de adónde era y qué hacía durmiendo en aquella soledad. A lo cual el muchacho respondió que el nombre de su tierra se le había olvidado, y que iba a la ciudad de Salamanca a buscar un amo a quien servir, por sólo que le diese estudio. Preguntáronle si sabía leer; respondió que sí, y escribir también.

Así comienza El licenciado vidriera, una de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes, que cuenta la historia de Tomás Rodaja, un niño pobre que viene a estudiar a Salamanca con sus amos y es envenenado por una dama que quiere conseguir su amor. Uno de los fragmentos de la novela se ve reflejado en una de las inscripciones de la Plaza de Anaya.

Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado.

Otra de las inscripciones que podemos ver en esa plaza es un fragmento de la obra maestra de Cervantes, conocida en el mundo entero: Don Quijote de la Mancha. Concretamente, se sitúa en la segunda parte, en el capítulo 58, en la que don Quijote le dice a su escudero:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre.

Ambas inscripciones se encuentran en un majestuoso entorno: la Plaza de Anaya. Al lado del Palacio de Anaya, antiguo colegio San Bartolomé, se encuentra la bonita iglesia de San Sebastián, construida en el siglo XVIII, siguiendo las trazas de Alberto Churriguera –el que diseñó la Plaza Mayor–, y que suele pasar desapercibida entre tanto edificio majestuoso.

Y, por supuesto, tenemos las Catedrales: la Nueva, de estilo gótico; y la Vieja, románica.

Por aquí debió pasar Miguel de Cervantes, aunque no se sabe a ciencia cierta, porque no se conserva documentación al respecto; pero se dice que vivió un par de años en Salamanca, en la calle de los Moros, hoy calle Cervantes, donde hablaremos de Matilde Cherner en la ruta de Las Letras Modernas.

También hay un fragmento de otra obra de Cervantes, La tía fingida, en la Plaza del Corrillo…

Advierte, hija mía, que estás en Salamanca, que es llamada en todo el mundo madre de las ciencias, archivo de las habilidades, tesorería de los buenos ingenios y que de ordinario cursan en ella y habitan diez o doce mil estudiantes, gente moza, antojadiza, arrojada, libre, aficionada, gastadora, discreta, diabólica y de humor.

Además de escritor de novelas, Cervantes fue soldado (recordemos su participación en la batalla de Lepanto, donde fue herido en el pecho y en la mano izquierda), esclavo –y estuvo encarcelado varios años–, comisario de abastos, recaudador de impuestos y también se dedicó al teatro, aunque no tuvo mucho éxito (hay un capítulo de El Ministerio del Tiempo sobre ello). Escribió un entremés titulado La cueva de Salamanca, inspirada en la supuesta escuela del demonio, el la que paramos en la ruta de Las letras modernas para hablar de Torres Villarroel.

Juan del Enzina

Otro dramaturgo fue Juan del Enzina, que nació en Salamanca a mediados del siglo XV, estudió en las aulas salmantinas, con el profesor Elio Antonio de Nebrija, y se graduó en Leyes. Fue mozo de la catedral y capellán, momento en el que cambió su apellido.

En 1492 entra al servicio de los duques de Alba de Tormes, a los que le presenta el Cancionero que se publicaría en esta ciudad.

Una de sus obras, Representación sobre el poder del Amor, se la dedica al príncipe don Juan, primogénito de los Reyes Católicos, con motivo de su boda con Margarita de Austria. Desengañado por no poder conseguir la plaza de cantor de la catedral, Juan del Enzina se marchó, pero su cuerpo volvió y está enterrado bajo el coro de la catedral.


Nos vamos al Patio de Escuelas, pero no iremos a buscar la rana –más bien sapo– en la fachada plateresca de la Universidad de Salamanca, sino a visitar a uno de sus rectores: fray Luis de León.


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